Sal, salecita, ¡sal del salero! Saltarina como siempre, suelta y simpática. Simple y sencilla suele zanquear por Saladilla silbando serenatas y sonando sus salados zancos. Siempre serena, siempre santa la simpática sal, suele salir saludando al sol, y al salero vuelve a surgir siempre que sufre del sereno. Siempre sonriente, siempre a su sur lo sigue su solemne sapo, siempre tan sabio y sapiente. Su sustento semanal siempre serán las sabrosas sardinas y las suelas seniles saladas de la siempre simpática sal.
Ay sal, siempre seduciendo a las señoritas sardinas que se sientan cerca al Sauce de los Solapados. Siempre sobrepasa la cerca, ¡qué sinvergüenza es la seductora sal! Siempre se hace el sediento, y siempre las mujeres sardinas se suben de su sentada y lo saludan con zumo de zarzamora, o algo semejante. Siempre sus seducciones sucedían en zonas samarias, pues suponía que sobresalían aquellas señoritas de las demás.
Ay, salecita, siempre saltando bajo el suave sol de septiembre. Siempre sonriendo, zapateando a cien por segundo, siempre tan satisfecha, siempre de buena suerte. ¡Qué sorna! ¡La sal no es salada! Pero eso sí, la salada que le suministra a la ciudad de Saladilla! Severa salada que sucedes cuando zapateas por la ciudad! ¿Será que los saladillos te quieren? ¡Sí señor! ¡Si hasta en Saturno te queremos! Suerte mi simpática sal! ¡Siempre con sentimientos ciertos de mi corazón!